Juan Carlos Martinez es, junto con Julio Galeote, el fotógrafo más prometedor de cuantos conozco. Quizas su trabajo más conocido “
Subfilum spermosida” es el menos ilustrativo de su verdadero talento: el retrato. Cuando, con apenas 24 años, Velazquez es llamado por Olivares a la corte desplegó un torrente de fuerza para convertirse en el más grande retratista de todos los tiempos. De tal modo se anticipó a su tiempo que no fue hasta el siglo XIX que adquirió la relevancia que merecía.
En varías cosas coincide Juan Carlos con el Gran Maestro, en primer lugar su formación sevillana, en segundo su uso sutil y certero del color, en tercer lugar su inusitada capacidad de componer para que el cuadro no sea un límite sino una posibilidad, en cuarto lugar su energía avasalladora.
Jamás he conocido a nadie con tanta fuerza y determinación a la hora de afrontar un proyecto, se diría que crear es para él un imperativo categórico que esta por encima de todo y de todos. Una fuerza que no se ve deslucida por nada y que va acompañada por una penetración inteligente y un estudio pormenorizado de los referentes, las fuentes y las motivaciones de su trabajo. Y es que Juan Carlos es además una persona de una inteligencia penetrante y una fuerza psicológica descomunal. Su trabajo como retratista está centrado en la relación entre el yo y el otro. A veces el otro es objeto del deseo, a veces es una reafirmación del propio yo, a veces el otro es el centro de un universo en construcción. Un universo donde todo lo que quedan son las huellas de una relación efímera, bañada por la melancolía, el recuerdo y el dolor; como en “Spermosidia”: “bajo la apariencia científica de los arbustos y la botánica hay algo muy, pero que muy fuerte” me dijo una vez. Una relación que fue absoluta mientras fue, al abrigo de la naturaleza, pero que una vez terminada deja un vació tan grande como el absoluto que la sustentaba en el instante en que era algo real. Y es que bajo estos retratos subyace la búsqueda de un absoluto, oculto bajo el deseo, la belleza y, sobre todo, la posesión del otro.
El retrato es, y siempre ha sido, una suerte de fagocitar al otro, de poseerlo en virtud de un uso de la representación que explica el carácter de icono que para el común de los mortales tiene una imagen.

Hace unos meses fui invitado por Juan Carlos para colaborar con el en la iluminación
de algunas de las imágenes pertenecientes a uno de sus últimos trabajos. No me corresponde a mi contar tal serie. No he visto los resultados finales y no se si será o no será. Pero de la experiencia se que llegará. He tenido la suerte de trabajar con uno de los grandes, y he visto crecer a un gigante. Para mi ha sido una experiencia tremenda, por un lado un choque con un ego aun más grande que el mió, por otro la percepción de un talento que llega donde jamás yo llegare. Y eso ha sido duro, muy duro para mi. He de decir que si alguna vez he hecho una aportación al mundo de la fotografía y del arte en general esta a sido no haber matado a Juan Carlos Martinez J, el fotógrafo que admiro, el hombre que envidio.